
La rebelión de los resultados acompañó, como nunca a las buenas intenciones del juego. Y el fútbol argentino produjo el milagro de la consagración de los que siempre están a la sombra de los poderosos. Lanús campeón, seguido de Tigre y Banfield y ahí nomás, en el mismo escalón de Boca, Argentinos. Apenas un candidato entre un puñado de equipos que levantaron emocional y técnicamente la disputa del Apertura. De River y Racing, ni hablar. River concluyó uno de sus años más penosos. Racing desespera entre sus rutinarias incongruencias que traslada al verde césped, pero igual terminó mejor que River. Independiente no pudo quebrar la medianía a la que está asociado y el San Lorenzo del motivador Ramón anduvo lejos de la discusión por el título y se ubicó atrás de Estudiantes y Huracán. Convengamos un Huracán al que se le debe dar otro mérito y crédito.
Hubo razones para que explotaran Lanús, Tigre, Banfield, Argentinos: establecieron rendi mientos parejos, regulares, de los que sirven para sumar y para soñar. No hay, normalmente, otra fórmula, salvo aquella en la que un equipo encadena victorias y así el consigue el objetivo de dar la vuelta. Pero cuando gobierna la paridad y se hace cierto que cualquiera le gana a cualquiera mantener la marcha, cosechando triunfos necesarios en los escenarios complicados, multiplican las ilusiones. Así ocurrió nuevamente, pero con diferentes actores.
Lanús siempre propuso la receta futbolera sustentada en el toque, la prolijidad, la ambición. Casi un idéntico camino transitó, quizás sorprendiendo por la fluidez y la audacia, el recién ascendido Tigre. Con propuestas más o menos similares, aunque con diferentes réditos, Banfield fue efectivo de local y de visitante. En cambio Argentinos se respaldó en el amplio saldo positivo que le deparó la localía.
Un tema candente es si los grandes poseen ciertamente grandes figuras o son sólo producto de la ansiedad por creer que un par de buenas actuaciones agranda a futbolistas que, al cabo, no son superiores a otros de menor cartel. Y pareció verdad eso de que con los nombres y el favoritismo no alcanza. Y abrió un dilema sobre calidades auténticas. Por lo que se vio y lo que jugaron la mayoría, es indiscutible que el nivel fue similar al de otros torneos. Ni mejor ni peor. Que eso quede en claro. Lanús, con su estilo, fue un vencedor legítimo y digno. Suele ocurrir que la falta de Boca, River, Independiente, San Lorenzo o Racing produzca la tentación de caer en el lugar común de menospreciar la jerarquía de la competencia. No es el caso. En este fútbol nuestro, hace rato que el equilibrio y la incertidumbre es lo que más incentiva a los hinchas.
Por eso, las profundas decepciones, frustraciones o fracasos que produjeron los grandes tienen sus razones. Y eso pasa porque no tienen más figuras en serio que el resto. Una cosa es la fama y otra la realidad. Y la realidad enseña que River no tuvo un Diego Valeri, ni Independiente un Román Martínez, ni Racing a un Darío Cvitanich, por ejemplo. Y como el juego pasa por los jugadores más allá de la incidencia (a favor o en contra, de los DT), ahí se encuentra el resto de los argumentos. Para beneficio de los espectáculos, sobre todo.